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RADIO SAN PEDRO 98.1 FM :::::: “UNA SEMILLA DE AMOR”
Vigilia y Domingo de Resurrección del Señor PDF Imprimir E-mail
Escrito por Luis Casuy   
Domingo, 27 de Marzo de 2016 01:41
Vigilia y Domingo de Resurrección del Señor -
Ciclo "C" -
26 y 27 de Marzo de 2016 -

La Resurrección de Jesucristo es el misterio más importante de nuestra fe cristiana. En la Resurrección de Jesucristo está el centro de nuestra fe cristiana y de nuestra salvación. Por eso, la celebración de la fiesta de la Resurrección es la más grande del Año Litúrgico, pues si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe ... y también nuestra esperanza.

Y esto es así, porque Jesucristo no sólo ha resucitado El, sino que nos ha prometido que nos resucitará también a nosotros. En efecto, la Sagrada Escritura nos dice que saldremos a una resurrección de vida ... o a una resurrección de condenación, según hayan sido nuestras obras durante nuestra vida en la tierra.

La Resurrección del Señor recuerda un interrogante que siempre ha estado en la mente de los seres humanos, y que hoy en día surge con renovado interés: ¿Hay vida después de esta vida? ¿Qué sucede después de la muerte? ¿Queda el hombre reducido al polvo? ¿Hay un futuro a pesar de que nuestro cuerpo esté bajo tierra y en descomposición, o a pesar de que tal vez esté hecho cenizas, o de que pudiera quizá estar desaparecido en algún lugar desconocido?

La Resurrección de Jesucristo nos da respuesta a todas estas preguntas. Y la respuesta es la siguiente: seremos resucitados, tal como Cristo resucitó y tal como El lo tiene prometido a todo el que cumpla la Voluntad del Padre. Su Resurrección es primicia de nuestra propia resurrección y de nuestra futura inmortalidad.

La vida de Jesucristo nos muestra el camino que hemos de recorrer todos nosotrospara poder alcanzar esa promesa de nuestra resurrección. Su vida fue -y así debe ser la nuestra- de una total identificación de su voluntad con la Voluntad del Padre. Sólo así podremos dar el paso a la otra Vida, al Cielo que Dios Padre nos tiene preparado desde toda la eternidad, donde estaremos en cuerpo y alma gloriosos, como está Jesucristo y como está su Madre, la Santísima Virgen María.

Por todo esto, la Resurrección de Cristo y su promesa de nuestra propia resurrección nos invita a cambiar nuestro modo de ser, nuestro modo de pensar, de actuar, de vivir. Es necesario “morir a nosotros mismos”; es necesario morir a“nuestro viejo yo”. Como nos dice San Pablo, nuestro viejo yo debe quedar muerto, crucificado con Cristo, para dar paso al “hombre nuevo”, de manera de poder vivir una vida nueva.

Y así como no puede alguien resucitar sin antes haber pasado por la muerte física, así tampoco podemos resucitar a la vida eterna si no hemos enterrado nuestro “yo”. Y ¿qué es nuestro “yo”? El “yo” incluye nuestras tendencias al pecado, nuestros vicios y nuestras faltas de virtud. Y el “yo” también incluye el apego a nuestros propios deseos y planes, a nuestras propias maneras de ver las cosas, a nuestras propias ideas, a nuestros propios razonamientos; es decir, a todo aquello que aún pareciendo lícito, no está en la línea de la voluntad de Dios para cada uno de nosotros.

Es así como, muriendo a nuestro “yo”, podremos estar seguros de esa resurrección de vida que Cristo promete a aquéllos que hayan obrado bien, es decir, que hayan cumplido, como El, la Voluntad del Padre.

La Resurrección de Cristo nos invita también a estar alerta ante el mito de la re-encarnación. Sepamos los cristianos que nuestra esperanza no está en volver a nacer, nuestra esperanza no está en que nuestra alma reaparezca en otro cuerpo que no es el mío, como se nos trata de convencer con esa mentira que es el mito de la re-encarnación.

Los cristianos debemos tener claro que nuestra fe es incompatible con la falsa creencia en la re-encarnación. La re-encarnación y otras falsas creencias que nos vienen fuentes no cristianas, vienen a contaminar nuestra fe y podrían llevarnos a perder la verdadera fe. Porque cuando comenzamos a creer que es posible, o deseable, o conveniente o agradable re-encarnar, ya -de hecho- estamos negando la resurrección. Y nuestra esperanza no está en re-encarnar, sino en resucitar con Cristo, como Cristo ha resucitado y como nos ha prometido resucitarnos también a nosotros.

Recordemos, entonces, que la re-encarnación niega la resurrección ... y niega muchas otras cosas. Parece muy atractiva esta falsa creencia. Sin embargo, si en realidad lo pensamos bien ... ¿cómo va a ser atractivo volver a nacer en un cuerpo igual al que ahora tenemos, decadente y mortal, que se daña y que se enferma, que se envejece y que sufre ... pero que además tampoco es el mío?

Y ¿qué significa resucitar?Resurrección es la re-unión de nuestra alma con nuestro propio cuerpo, pero glorificado. Resurrección no significa que volveremos a una vida como la que tenemos ahora. Resurrección significa que Dios dará a nuestros cuerpos una vida distinta a la que vivimos ahora, pues al reunirlos con nuestras almas, serán cuerpos incorruptibles, que ya no sufrirán, ni se enfermarán, ni envejecerán. ¡Serán cuerpos gloriosos!

La Resurrección de Cristo nos invita también a tener nuestra mirada fija en el Cielo. Así nos dice San Pablo: “Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba ... pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra”.

¿Qué significa este importante consejo de San Pablo? Significa que, siendo la vida en esta tierra la ante-sala de la vida eterna, debemos darnos cuenta de cuál es nuestra meta. Debemos darnos cuenta que no fuimos creados sólo para esta ante-sala, sino para el Cielo, nuestra meta, donde estaremos con Cristo, resucitados -como El- en cuerpos gloriosos.

Así que, buscar la felicidad en esta tierra y concentrar todos nuestros esfuerzos en lo de aquí, es perder de vista el Cielo. Significa que si la razón de nuestra vida es que nuestra alma llegue al Cielo al morir, para después resucitar al final de los tiempos y seguir disfrutando la felicidad del Cielo -entonces en cuerpo y alma- es fácil deducir que hacia allá debemos dirigir todos nuestros esfuerzos. Nuestro interés primordial durante esta vida temporal debiera ser el logro de la Vida Eterna en el Cielo.

La resurrección de Cristo y la nuestra es un dogma central de nuestra fe cristiana.¡Vivamos esa esperanza! No la dejemos enturbiar por errores y falsedades, como la re-encarnación. No nos quedemos deslumbrados con las cosas de la tierra, sino tengamos nuestra mirada fija en el Cielo y nuestra esperanza anclada en la Resurrección de Cristo y en nuestra futura resurrección.

Nuestro interés primordial durante esta vida temporal debiera ser el logro de la Vida Eterna en el Cielo. Si así actuamos no tendríamos que temer el día del fin del mundo, ni cuándo sucederá.

 
DOMINGO DE RAMOS PDF Imprimir E-mail
Escrito por Luis Casuy   
Lunes, 21 de Marzo de 2016 12:26
Domingo de Ramos de la Pasión del Señor -
Ciclo "C" -
20 de Marzo de 2016 -

Estamos ya entrando a la Semana Santa.  En efecto, este Domingo de Ramos se da inicio formal a la Semana de la Pasión de Jesús.  Su persecución y condenación a muerte ya se había estado planeando desde antes, pero la revivificación de Lázaro en Betania, a poca distancia de Jerusalén que era el centro del poder civil y religioso, fue la gota que colmó el vaso, hasta tal punto que inclusive consideraron dar muerte también a Lázaro.

La entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, que precisamente hoy recordamos, fue un impresionante recibimiento, pues la población lo aclamó como el Mesías, el esperado por tanto tiempo por el pueblo de Israel.  Esta aclamación de Jesús por la mayoría del pueblo fue ciertamente provocada por el apoteósico milagro realizado pocos días antes:  el haber vuelto a la vida a un muerto ya sepultado y en franco proceso de deterioro.

Hoy, Domingo de Ramos, además de recibir las palmas benditas, la Liturgia nos introduce en los detalles de la Pasión de Cristo.  En efecto este año leemos la Pasión según la narra San Lucas (Lc. 22, 14 - 23, 56).

Meditar la Pasión del Señor es siempre un ejercicio muy provechoso para nuestra vida espiritual.  Y resulta más provechoso cuando podemos personalizar los efectos de la Pasión, es decir, cuando podemos percatarnos de que cada sufrimiento de Jesús fue por mí y para mí.  Caer en la cuenta de que yo personalmente estuve en el corazón y en la mente de Cristo en esos momentos es muy conveniente para aprovechar las gracias de redención que emanan de la Pasión salvadora de Jesús.

Parece que así lo reconoce San Pablo cuando escribe en primera persona:  “me amó a mí y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 5, 2). Y se entregó al extremo, de manera que su cuerpo mortal quedó vacío de toda sangre y agua, al punto de que sus huesos podían verse y contarse a través de su piel (Sal. 22, 18).

Valga esto para resumir los sufrimientos físicos extremos que padeció por cada uno de nosotros ... (personalicemos) por mí, para salvarme, para pagar mi rescate.  Y, como leemos en la Primera Lectura, los sufrió sin quejarse en ningún momento.  “No he opuesto resistencia ni me he echado para atrás.  Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba.  No respondí a insultos y salivazos ...” (Is. 50, 4-7).

Pero quedan también los sufrimientos morales ... ¡En qué medida también los sufrió!  Para muestra, como introducción basta con detenernos en la oración en el Huerto de los Olivos, la noche antes de su muerte.  ¡Qué sufrimiento tan atroz, pues esa noche pudo vislumbrar en qué consistiría su Pasión y Muerte!  Podemos decir que sufrió su pasión por anticipado.  Allí Jesús, velada su divinidad, en oración ante su Padre, siente la angustia horrorosa de su próxima muerte en el mayor de los sufrimientos.

La medida de su dolor debe haber sido la misma medida de su amor.   Y su Amor es infinito, sin medida.  Pensemos solamente en que por su divinidad -aunque medio escondida en estos terribles momentos- Jesús podía conocer todas las ofensas que nosotros los seres humanos habíamos hecho y habríamos de hacer a Dios desde el principio del mundo hasta el final.  Como El cargó con todas nuestras culpas, deseaba entonces reparar por nuestros pecados ante el Padre y que así quedaran satisfechas todas nuestras ofensas.

El ofendido era Dios; los ofensores, humanos.  Sólo Dios-Hombre podía repara tal ofensa.  La falta a un ser Infinito por parte de nosotros los seres humanos, requería una satisfacción infinita que sólo Jesús, Dios y Hombre verdadero, podía dar.

A esta carga se unía el que, dado su infinito Amor por cada uno de nosotros, le invadía una mayor tristeza aún por vernos ofendiendo al Padre.  La agonía no quedaba allí, sino que a esto se agregaban nuestros desagradecimientos y falta de correspondencia a todos estos sufrimientos suyos.  El ver que ¡tantos! desperdiciarían los indescriptibles tormentos que El padecería en su inminente Pasión y Muerte, pudo haber sido la mayor causa de esa lucha.  ¡El desprecio nuestro a su amor y a su entrega tiene que haber sido insoportable.

Tal fue el sufrimiento que tuvo que venir un Ángel para animarlo en su oración. ¿Qué misterioso consuelo traería el Ángel a su Dios?  Algunos han especulado que, ante la angustia por todos los que desperdiciarían las gracias de redención, el consuelo angélico pudo haber sido el recuerdo de los muchos que sí se salvarían por su sufrimiento.  De allí que, nuevamente, por tercera vez, Jesús repite: “Padre, si es posible que pase de mí esta prueba, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Modelo de oración para todo momento:  en alegrías y en tristezas, en las dificultades y cuando no las hay, para uno mismo y para los demás.

Modelo de oración para poder cumplir la petición que hizo a sus Apóstoles esa noche: “Velen y oren para no caer en tentación”.

 
QUINTO DOMINGO DE CUARESMA PDF Imprimir E-mail
Escrito por Luis Casuy   
Domingo, 13 de Marzo de 2016 22:37
Domingo 5 de Cuaresma - Ciclo "C" -
13 de Marzo de 2016 -

En tiempos de Jesús a las mujeres que cometían adulterio se les daba muerte lanzándoles piedras.  Hay algunas religiones que aún en la actualidad siguen con estas costumbres.  ¡Horrible castigo morir apedreado!

Esto nos hace recordar a San José, hombre bueno, esposo virginal de la Virgen María, quien al notar que ella estaba embarazada, sin saber que el bebé en su vientre era el Hijo de Dios, engendrado por el Espíritu Santo, pensó “dejarla en secreto para no ponerla en evidencia”.

Distinto fue el caso de los acusadores de la mujer adúltera, que nos trae el Evangelio de hoy (Jn. 8, 1-11). Estos hombres llevaron a la mujer pecadora, arrastrada hasta donde se encontraba Jesús, con la intención -nos dice el Evangelio- de “ponerle (a Jesús) una trampa y poder acusarlo”. ¿En qué consistía la trampa?  Si ordenaba apedrearla, ¿dónde quedaban el perdón y la misericordia?, y si no accedía al castigo mortal, ¿dónde quedaba el cumplimiento de la Ley que lo estipulaba?

Pero Jesús, con su Sabiduría infinita por ser Dios, no hace ni una cosa, ni la otra, sino todo lo contrario.  Nos cuenta el relato de San Juan que sin siquiera levantar la mirada para ver a la mujer culpable, ni tampoco a sus acusadores, comienza a escribir sobre el polvo del suelo.  Como creen que Jesús no les está haciendo caso, vuelven a insistir.  Entonces el Señor se incorpora y les responde:  “Aquél de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Luego se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.  Poco a poco, uno tras otro comenzaron a retirarse.

¿Cuál sería esa escritura misteriosa que con aparente desdén Jesús hacía sobre el polvo?  Algunos piensan que escribía los pecados de los acusadores.  Por supuesto, no les quedó más remedio que escabullirse.

Vemos, entonces, que Jesús propone algo absolutamente nuevo no contemplado por la Ley: sólo el que esté libre de pecado puede lanzar piedras.  ¿Y quién es el único libre de pecado?  Solamente El, el Inocente que cargó con todos los pecados: los que posiblemente escribió en el suelo, los de la mujer adúltera y los de cada uno de nosotros.  Y El no pronuncia sentencia, no condena a la mujer.

Se quedan solos la pecadora y Jesús. ¡Qué conmovedora escena!  Ella no se excusa, se sabe culpable, está de pie frente a El.  Jesús vuelve a levantarse y le pregunta: “¿Dónde están los que te acusaban?  ¿Nadie te ha condenado?  ... Tampoco yo te condeno. El, que sí hubiera podido tirar la primera piedra, no la condena, la perdona.

Pero agrega algo muy importante: “Vete y no vuelvas a pecar”. Jesús no la apoya en su pecado.  Muy por el contrario: le ordena que no peque más.

Muchas enseñanzas en este impactante relato bíblico.  Dios conoce todos nuestros pecados, hasta nuestros más escondidos pecados.  Y sólo espera que estemos a sus pies para perdonarnos y pedirnos que no volvamos a pecar.  No debemos temer, por más grave que pueda ser nuestro pecado, por más grande o más fea que pueda ser nuestra falta.  Dios lo único que desea es aceptemos nuestra culpa y que nos arrepintamos.

La mujer adúltera no le dijo nada a Jesús, pero su silencio fue la aceptación de su falta;  su mejor actitud fue que no buscó excusarse.  ¿Cuántas veces nos buscamos nos buscamos y damos excusas para nuestras faltas, en vez de reconocernos culpables?

Jesús escribió las faltas de los acusadores sobre el polvo.  Así escribe las nuestras.  No las escribe en algo permanente.  Quedan allí, en el polvo, hasta que la gracia del perdón, obtenida por el reconocimiento de nuestros pecados,  humedece el polvo, y nuestras faltas perdonadas pasan al olvido.

El Señor no quiere acusar, ni llevar la cuenta, sino perdonar y olvidar.  Espera que nos arrepintamos de veras y que nos acerquemos a El en el Sacramento de la Confesión.

Nadie tiene derecho a condenar a nadie.  Nadie puede tirar la primera piedra.  Todos somos culpables de algo.  Reconocer nuestras culpas nos ayuda a no estar pendientes de las de los demás.  No acusar es ya el camino hacia la compasión y el perdón de los demás.  Dios, Quien sí podría acusarnos, no lo hace, pero espera que nos acerquemos arrepentidos a la Confesión para perdonarnos.

Reconocimiento de nuestros pecados, sin excusas, arrepentimiento, Confesión e intención de no volver a pecar es lo único que Dios nos pide.

Y así el Señor hace “algo nuevo”, como nos dice la Primera Lectura (Is. 43, 16-21). “No recuerden lo pasado, ni piensen en lo antiguo;  Yo voy a realizar algo nuevo”. ¿Qué es ese “algo nuevo”? Lo que va haciendo la gracia de Dios en nosotros cuando, aceptando nuestras culpas, nos arrepentimos y nos enmendamos de veras.  “Voy a abrir caminos en el desierto y haré que corran los ríos en la tierra árida”. Así puede fluir su gracia, abriendo caminos e irrigando el desierto de nuestra alma.

Ese “algo nuevo”, dejando atrás lo viejo es lo que nos explica San Pablo en la Segunda Lectura (Flp. 3, 8-14). Dejar atrás lo viejo es lo que pidió Jesús a la mujer adúltera: “No peques más”. Para ella, en ese momento, era dejar su vida de pecado.  El comienzo es no pecar más.  La continuación puede ser mucho más que eso: es preferir a Dios por encima de cualquier otra cosa o persona.

Con mucha crudeza lo expresa San Pablo, pero con mucha veracidad:  “Nada vale la pena, en comparación con el Bien Supremo ... he renunciado a todo, y todo lo considero como basura, con tal de estar unido a Cristo”.

Ese “todo basura” de San Pablo no es sólo el pecado.  Es todo lo que no nos lleva a amar a Cristo.  San Pablo renunció a todo para amar a Dios sobre todo lo demás y sobre todos los demás.  Nosotros debemos comenzar por el “no peques más” de la adúltera, pero no debemos quedarnos en eso.  Una vez ubicado “el Bien Supremo”, ¿qué hacemos tras otras cosas que no nos llevan a El?

No creamos, sin embargo, que el amar a Dios sobre todas las cosas y personas, sea una acción automática.  Preferir a Dios se convierte en un proceso que suele llevarnos toda una vida.  En eso consiste el camino de la santidad,  bien descrito por San Pablo:  “No quiero decir que haya logrado ya ese ideal ... pero me esfuerzo en conquistarlo ... Todavía no lo he logrado.  Pero, eso sí, olvido lo que he dejado atrás y me lanzo hacia adelante, en busca de la meta y del trofeo al que nos llama Dios desde el Cielo”.

En el Salmo 125 reconocemos “las grandes cosas que hecho por nosotros el Señor”, cómo nos regresa del “cautiverio” del pecado, cómo cambia nuestro dolor en júbilo, referencias de lo que es la conversión y el perdón.

Última actualización el Domingo, 13 de Marzo de 2016 22:38
 
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