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RADIO SAN PEDRO 98.1 FM :::::: “UNA SEMILLA DE AMOR”
Solemnidad "EL BAUTISMO DEL SEÑOR" Ciclo "B" PDF Imprimir E-mail
Escrito por Luis Casuy   
Domingo, 11 de Enero de 2015 02:30
Fiesta del BAUTISMO DEL SEÑOR - Ciclo "B" -
Domingo 11 de enero de 2015 -

San Juan Bautista predicada e impartía un Bautismo de conversión: ese Bautismo era como la aceptación de la conversión que se realizaba en aquéllos que, motivados por su predicación, deseaban cambiar de vida.

De allí que llama la atención el que Jesús, el Hijo de Dios, que se hizo semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, se acercara a la ribera del Jordán, como cualquier otro de los que se estaban convirtiendo, a pedirle a Juan, su primo y su precursor, que le bautizara.  Tanto es así, que el mismo Bautista, que venía predicando insistentemente que detrás de él vendría “uno que es más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias” (Mc. 1, 7-11), se queda impresionado de la petición del Señor.

El Bautismo del Señor

¡Jesucristo se humilla hasta pasar por pecador, hasta parecer culpable, pidiendo a San Juan el Bautismo de conversión!

Nos cuenta el Evangelio que “al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que descendía sobre El en forma de paloma y se oyó una voz desde el cielo”, la voz del Padre que lo identificaba como su Hijo, el Dios-Hombre.
Es así como en este bellísimo pasaje de la vida del Señor y de su Precursor, no sólo vemos la revelación de Jesucristo, como Hijo de Dios, sino también la revelación de las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad.

San Juan Bautista nos da el testimonio de lo que ve y escucha:  por una parte, puede ver el Espíritu de Dios descender sobre Jesús en forma como de paloma.  Las palabras del Bautista describiendo el Espíritu Santo hacen recordar la mención del Espíritu de Dios en el Génesis, antes de la creación del mundo, cuando “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gen. 1, 2). Tal vez ese “aletear” del Espíritu Santo hace que San Juan compare ese “aletear” con el aletear de la paloma.

Además, San Juan Bautista escuchó la voz de Dios Padre que revelaba quién era Jesucristo:  “Este es mi Hijo amado” (Mt. 3, 17). Es decir, en este pasaje del Evangelio vemos a la Santísima Trinidad en pleno:  el Padre que habla, el Hijo hecho Hombre que sale del agua bautizado y el Espíritu Santo que aleteando cual paloma se posa sobre Jesús.

Pensar en el Bautismo de Jesucristo, el Dios-hecho-hombre, nos debe llenar de gran humildad:  si todo un Dios se humilla hasta pedir el Bautismo de conversión que San Juan Bautista impartía a los pecadores convertidos, ¿qué no nos corresponde a nosotros, que somos pecadores de verdad?

El Bautismo de San Juan Bautista no es igual al Bautismo Sacramento.  El Sacramento del Bautismo vino después, a partir del momento que Jesús ordenó a los Apóstoles a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.  El Bautismo que nosotros hemos recibido es mucho más que el bautismo de San Juan Bautista en el Jordán.

Sin embargo, el Bautismo de Jesús nos recuerda nuestro Bautismo.  Jesús es Dios.  Jesús no necesitaba ser bautizado.  Pero con su Cuerpo, con su Divinidad, en su Bautismo en el Jordán, Jesús bendijo todas las aguas para que tuvieran el poder de conferir la gracia en el Sacramento del Bautismo.

Recordar el Bautismo del Dios-Hombre es recordar nuestro bautismo.  Pero también recordar la necesidad que tenemos de conversión, de cambiar de vida, para asemejarnos cada vez más a Jesucristo.  Es recordar la necesidad que tenemos de purificar nuestras almas en las aguas del arrepentimiento y de la confesión de nuestros pecados.  Así podemos mantener limpia la vestidura blanca de nuestro bautismo y mantener encendida la luz que recibimos ese día.

Recordar el Bautismo del Señor es también recordar nuestro futuro eterno, para que cuando nos llegue el momento de pasar a la otra vida, se abran los Cielos para nosotros como se abrieron en el Bautismo de Jesús y podamos escuchar la voz del Padre que, complacido, nos reconoce también como hijos suyos.

Última actualización el Domingo, 11 de Enero de 2015 02:35
 
SOLEMNIDAD "SANTA MARÍA MADRE DE DIOS" PDF Imprimir E-mail
Escrito por Luis Casuy   
Miércoles, 31 de Diciembre de 2014 17:19
Solemnidad de SANTA MARÍA MADRE DE DIOS
Tiempo de Navidad - Ciclo "B" -
1 de Enero de 2014 -

A una semana del Nacimiento del Niño-Dios, la Iglesia nos presenta  para comenzar el nuevo año, la Fiesta de María, Madre de Dios.

Y esta frase “Madre de Dios” se dice muy fácilmente, pero por lo acostumbrados que estamos a oírla y a repetirla tal vez no nos detenemos a pensar en toda su dimensión el significado de que un ser humano, como nosotros, María -una de nuestra raza- pueda ser “Madre de Dios”.

Santa María, Madre de Dios

Después de Jesucristo, aunque salvando la distancia entre lo humano y lo divino, entre lo finito y lo infinito, la Santísima Virgen María Madre de Dios hecho Hombre, es la creatura más grande, más bella, más excelsa que haya existido.

Pero ... ¿qué significa, entonces, para una criatura humana ser Madre de Dios?  ¿Cómo puede una creatura humana engendrar a Dios?  ¿Hemos pensado en esto alguna vez?

Fijémonos en lo siguiente:  todas las madres son madre de la “persona” de su hijo. Y ese hijo es una “persona”, compuesta de alma y cuerpo.  ¿Qué aporta la madre al hijo?  Aporta, por supuesto, la parte material de esa persona, que es el cuerpo.  Ni la madre -ni tampoco el padre- aportan el alma.  Dios es Quien infunde el alma, y esto convierte a cada creatura en “persona humana”.   Así sucede en la concepción de cada uno de los seres humanos.

Pero ... ¿qué sucedió con Jesús?  Dicen los teólogos que Cristo no es persona humana, sino “divina”, aunque tenga una naturaleza humana desprovista de personalidad humana, que fue sustituida por la personalidad divina del Verbo en el mismo instante de la concepción de la carne de Jesús. (cfr. A. Royo Marín o.p. “La Virgen María”)

Se deduce de esto que la Santísima Virgen María realmente concibió y dio a luz según la carne a la “persona divina” de Jesús, pues es la única “persona” que hay en El.  Por esto es que María es llamada con toda propiedad “Madre de Dios”.

Podría argumentarse:  María no concibió la naturaleza divina de Jesús.  Es cierto.  Pero tampoco conciben las demás madres el alma de sus hijos, pues ésta viene directamente de Dios.

La Santísima Virgen María concibió, entonces, una persona.  Como esa persona que es Jesús no era “persona humana”, sino “divina”, sabemos que María es verdaderamente “Madre de Dios”.

De todos los privilegios, títulos y dogmas de María, éste es sin duda el mayor y de más trascendencia, pues todos los demás (Inmaculada Concepción, llena de Gracia, Virginidad perpetua, Asunción, etc.) fueron dados en atención a este hecho tan inmenso y tan elevado:  el de ser la Madre de Dios.

Sin embargo lo más importante para nosotros y lo que más desea la Santísima Virgen María -Madre de Dios, pero también Madre nuestra- es que la imitemos a Ella, pues imitándola a Ella estamos imitando a su Hijo.

¿Qué imitar de la Madre de Dios?  Su espíritu de oración:  María oraba y en oración la encontró el Angel cuando le anunció el misterio de su Maternidad Divina.  Su humildad y su entrega a la Voluntad de Dios:  se reconoce “esclava del Señor” y se entrega a que se realice en ella todo lo que Dios quiera.  Su fe a toda prueba:  María creyó por encima de las apariencias y de las posibilidades humanas; creyó que lo imposible se realizaría en Ella:  ser la Madre del mismo Dios.

 
SOLEMNIDAD DE LA SAGRADA FAMILIA PDF Imprimir E-mail
Escrito por Luis Casuy   
Lunes, 29 de Diciembre de 2014 21:22
Fiesta de la SAGRADA FAMILIA
Tiempo de Navidad - Ciclo "B" -
28 de DICIEMBRE de 2014 -

A medida que se acercaba el día pautado para la ceremonia de la purificación de la madre y la presentación del Niño recién nacido en el Templo de Jerusalén, la Madre de Dios, aun siendo inmaculada y purísima, y aun sabiendo que su Hijo era Dios, no dudaba en someterse a los requerimientos de la Ley Hebrea. Cuando llegó el momento partió la Sagrada Familia hacia Jerusalén (Lc. 2, 22-40).

El Evangelio nos habla de dos personas que pudieron reconocer al Salvador:  Simeón y Ana.

¿Qué nos dice de Simeón?  “Era justo y piadoso y esperaba la consolación de Israel;  en él moraba el Espíritu Santo”. ¿Y de Ana? “No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones”.

Simeón era un santo varón, a quien el Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin conocer al Mesías prometido, “movido por el Espíritu Santo fue al Templo cuando José y María entraban con el Niño Jesús para cumplir lo prescrito por la Ley”.

Asimismo, una santa mujer llamada Ana, fue favorecida de conocer al Niño y de reconocerlo como el Salvador, por lo que “daba gracias a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la liberación de Israel”.

El devoto Simeón no pudo contener su emoción, y al saber quién era el Niño, nos dice el Evangelio que “lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:  ‘Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto al Salvador”.

Luego Simeón los bendijo y se dirigió a la Virgen María, diciéndole:  “Mira, este Niño ... será puesto como señal que muchos rechazarán (signo de contradicción)  ¡y a ti  misma una espada te atravesará el alma!”

¿Qué significado tiene esta profecía del anciano Simeón?  Notemos que el Evangelio nos traslada repentinamente de la cueva de Belén al Templo de Jerusalén, cuarenta días después del Nacimiento del Niño Jesús.  Y aún en plena celebración navideña nos pone una nota de advertencia y de dolor.  Nos anuncia que el Salvador prometido provocará oposición de muchos y, además, que su misión será en dolor -para El y para su Madre- pues el Niño que ha nacido es el Cordero que deberá ser inmolado para la salvación del mundo.

¿En qué consiste ser “signo de contradicción”? En que muchos aceptarían la salvación que nos trae este Niño recién nacido, pero muchos la rechazarían.

La Santísima Virgen y San José, Simeón y Ana son modelos de lo que Dios requiere de nosotros para realizar su obra de salvación:  docilidad a Dios y entrega a su Voluntad, que nos son dadas especialmente en el recogimiento y oración.  Si los imitamos, el Espíritu Santo nos hará saber que Jesús es nuestro Salvador y así El podrá cumplir en nosotros su obra de salvación.

Poco tiempo después de la Presentación en el Templo y de la visita de los Reyes Magos tiene lugar un suceso ligado a los hechos de Navidad, al que no le damos demasiada importancia.  Es la Huída a Egipto de Jesús, María y José, que nos trae el Evangelio de la Fiesta de la Sagrada Familia.

Después de marchar los Magos, el Ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes buscará al Niño para matarlo.»  José se levantó; aquella misma noche tomó al Niño y a su Madre, y partió hacia Egipto, permaneciendo allí hasta la muerte de Herodes (Mt 2, 13-15).

La Sagrada Familia tenía todo el auxilio del Cielo, pero a pesar de eso, este exilio abrupto era una adversidad.  Imaginemos la  incertidumbre en salir apurados en medio de la noche para huir sin ser notados.  La angustia de pensar que el cruel Herodes, con todo el cruel poder de sus soldados, estaba buscando al Niño para matarlo.  Hacer un viaje por el desierto desconocido con frío y pocos bastimentos.  Luego llegar de extranjeros a un sitio desconocido, sin conocer el idioma y las costumbres, todos problemas típicos de cualquier exilado, al que se añadía la dificultad de tratar de trabajar allí para mantenerse.

A todas estas incertidumbres se agrega la impresión y el dolor al conocer el terrible crimen cometido por Herodes contra los niños inocentes.  Pensar que por el Hijo de Dios había() sucedido este asesinato masivo.  Jesús había venido para salvar al mundo y ya comenzaba a ser signo de contradicción. Así lo había anunciado el anciano profeta Simeón cuando el Niño fue presentado en el Templo (cf. Lc. 2, 34).
Y signo de contradicción ha seguido siendo Jesús para todo aquél que no desee aceptar la salvación que El nos vino a traer.

Porque … ¿qué significa esa profecía de Simeón? ¿En qué consiste ser “signo de contradicción”? Como hemos visto, significa que el Salvador prometido provocaría oposición de muchos, y que muchos aceptarían la salvación que nos trae este Niño recién nacido, pero muchos la rechazarían.

La salvación fue realizada por Jesús, pero somos libres de aceptarla o de rechazarla.  Es el misterio de la libertad humana.  Jesús lo ha hecho todo y desea que todos aprovechemos la salvación que El nos ha regalado, pero requiere que respondamos a ese gran regalo con algo muy pequeño e insignificante.

Lo que sucede es que eso tan pequeño que se nos pide, a veces nos parece muy grande e importante.  Es nuestra voluntad, otro regalo que también Dios nos ha dado.

Pero, ¿por qué nos cuesta tanto entregar nuestra voluntad y renunciar a nuestra libertad? ¿Por qué no imitamos a María y José en todos estos eventos navideños?

La Virgen entrega su voluntad en cuanto recibe el anuncio del Ángel Gabriel de que el Hijo de Dios sería concebido en su seno.  Ella  se hizo y se reconoció “esclava del Señor” (Lc. 1, 38), y siguió siéndolo toda su vida.  Así, gracias a Ella y a su entrega, Dios realizó su obra de salvación de la humanidad.

San José no duda ni por un momento lo que le anuncia el Ángel a él también:  que María ha concebido por obra del Espíritu Santo (cf. Mt. 1, 20).  Tampoco titubea al recibir este otro anuncio de huir a Egipto.  Confía en Dios y se lanza de inmediato a lo desconocido del exilio inesperado.

Por cierto, la crueldad de Herodes no quedó sin castigo en la tierra.  Dios a veces castiga aquí también, como a veces podemos constatar.  El historiador Flavio Josefo describe con todo detalle la horrible muerte que sufrió poco después de estos terribles hechos.  Acabó consumido por una enfermedad intestinal putrefacta que despedía un hedor insoportable.  Murió unos tres años después del nacimiento de Jesús.

Después de la muerte de este tirano, la Sagrada Familia se estableció en Nazaret posiblemente cuando Jesús tenía unos 3 a 4 años de edad.

Última actualización el Lunes, 29 de Diciembre de 2014 21:23
 
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