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PASCUA DEL SEÑOR


El Tiempo en Soloma



RADIO SAN PEDRO 98.1 FM :::::: “UNA SEMILLA DE AMOR”
SOLEMNIDAD "RESURRECCIÓN DEL SEÑOR" PDF Imprimir E-mail
Escrito por Luis Casuy   
Domingo, 05 de Abril de 2015 13:10
Solemnidad Resurrección del Señor -
Ciclo "B" -
Domingo 5 de Abril de 2015 -

La Resurrección de Jesucristo es el misterio más importante de nuestra fe cristiana. En la Resurrección de Jesucristo está el centro de nuestra fe cristiana y de nuestra salvación.  Por eso, la celebración de la fiesta de la Resurrección es la más grande del Año Litúrgico, pues si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe ... y también nuestra esperanza..

Y esto es así, porque Jesucristo no sólo ha resucitado El, sino que nos ha prometido que nos resucitará también a nosotros. En efecto, la Sagrada Escritura nos dice que saldremos a una resurrección de vida o a una resurrección de condenación, según hayan sido nuestras obras durante nuestra vida en la tierra(cfr. Jn 6,40 y 5,29).

Así pues, la Resurrección de Cristo nos anuncia nuestra salvación; es decir, ser santificados por El para poder llegar al Cielo.  Y además nos anuncia nuestra propia resurrección, pues Cristo nos dice: “el que cree en Mí tendrá vida eterna: y yo lo resucitaré en el último día” (Jn. 6,40).

La Resurrección del Señor recuerda un interrogante que siempre ha estado en la mente de los seres humanos, y que hoy en día surge con  renovado interés: ¿Hay vida después de esta vida?  ¿Qué sucede después de la muerte? ¿Queda el hombre reducido al polvo?  ¿Hay un futuro a pesar de que nuestro cuerpo esté bajo tierra y en descomposición, o tal vez esté hecho cenizas, o pudiera quizá estar desaparecido en algún lugar desconocido?

La Resurrección de Jesucristo nos da respuesta a todas estas preguntas.  Y la respuesta es la siguiente: seremos resucitados, tal como Cristo resucitó y tal como El lo tiene prometido a todo el que cumpla la Voluntad del Padre (cfr. J.n 5,29 y 6,40). Su Resurrección es primicia de nuestra propia resurrección y de nuestra futura inmortalidad.

La vida de Jesucristo nos muestra el camino que hemos de recorrer todos nosotros para poder alcanzar esa promesa de nuestra resurrección.  Su vida fue -y así debe ser la nuestra- de una total identificación de nuestra voluntad con la Voluntad de Dios durante esta vida.  Sólo así podremos dar el paso a la otra Vida, al Cielo que Dios Padre nos tiene preparado desde toda la eternidad, donde estaremos en cuerpo y alma gloriosos, como está Jesucristo y como está su Madre, la Santísima Virgen María.

Por todo esto, la Resurrección de Cristo y su promesa de nuestra propia resurrección nos invita a cambiar nuestro modo de ser, nuestro modo de pensar, de actuar, de vivir.  Es necesario “morir a nosotros mismos”;  es necesario morir a“nuestro viejo yo”. Nuestro viejo yo debe quedar muerto, crucificado con Cristo, para dar paso al “hombre nuevo”, de manera de poder vivir una vida nueva.

Sin embargo, sabemos que todo cambio cuesta, sabemos que toda muerte duele.  Y la muerte del propio “yo” va acompañada de dolor.  No hay otra forma.  Pero no habrá una vida nueva si no nos “despojamos del hombre viejo y de la manera de vivir de ese hombre viejo”  (Rom 6, 3-11 y Col. 3,5-10).

Y así como no puede alguien resucitar sin antes haber pasado por la muerte física, así tampoco podemos resucitar a la vida eterna si no hemos enterrado nuestro “yo”.  Y ¿qué es nuestro “yo”?  El “yo” incluye nuestras tendencias al pecado, nuestros vicios y nuestras faltas de virtud.

Y el “yo” también incluye el apego a nuestros propios deseos y planes,  a nuestras propias maneras de ver las cosas, a nuestras propias ideas, a nuestros propios razonamientos; es decir, a todo aquello que aún pareciendo lícito, no está en la línea de la voluntad de Dios para cada uno de nosotros.

Durante toda la Cuaresma la Palabra de Dios nos ha estado hablando de “conversión”, de cambio de vida.  A esto se refiere ese llamado:  a cambiar de vida,  a enterrar nuestro “yo”, para poder resucitar con Cristo.  Consiste todo esto -para decirlo en una sola frase- en poner a Dios en primer lugar en nuestra vida y a amarlo sobre todo lo demás.  Y amarlo significa complacerlo en todo.  Y complacer a Dios en todo significa hacer sólo su Voluntad... no la nuestra.

Así, poniendo a Dios de primero en todo, muriendo a nuestro “yo”, podremos estar seguros de esa resurrección de vida que Cristo promete a aquéllos que hayan obrado bien, es decir, que hayan cumplido, como El, la Voluntad del Padre (Jn. 6, 37-40).

NO A LA RE-ENCARNACION:

La Resurrección de Cristo nos invita también a estar alerta ante el mito de la re-encarnación. Sepamos los cristianos quenuestra esperanza no está en volver a nacer, nuestra esperanza no está en que nuestra alma reaparezca en otro cuerpo que no es el mío, como se nos trata de convencer con esa mentira que es el mito de la re-encarnación.

Los cristianos debemos tener claro que nuestra fe es incompatible con la falsa creencia en la re-encarnación.  La re-encarnación y otras falsas creencias que nos vienen fuentes no cristianas, vienen a contaminar nuestra fe y podrían llevarnos a perder la verdadera fe.

Porque cuando comenzamos a creer que es posible, o deseable, o conveniente o agradable re-encarnar, ya -de hecho- estamos negando la resurrección.  Y nuestra esperanza no está en re-encarnar, sino en resucitar con Cristo, como Cristo ha resucitado y como nos ha prometido resucitarnos también a nosotros.

Recordemos, entonces, que la re-encarnación niega la resurrección ... y niega muchas otras cosas.  Parece muy atractiva esta falsa creencia.  Sin embargo, si en realidad lo pensamos bien ... ¿cómo va a ser atractivo volver a nacer en un cuerpo igual al que ahora tenemos, decadente y mortal, que se daña y que se enferma, que se envejece y que sufre ... pero que además tampoco es el mío?

¿QUÉ SIGNIFICA RESUCITAR?

Resurrección es la re-unión de nuestra alma con nuestro propio cuerpo, pero glorificado.  Resurrección no significa que volveremos a una vida como la que tenemos ahora.  Resurrección significa que Dios dará a nuestros cuerpos una vida distinta a la que vivimos ahora, pues al reunirlos con nuestras almas, serán cuerpos incorruptibles, que ya no sufrirán, ni se enfermarán, ni envejecerán.  ¡Serán cuerpos gloriosos!

Ustedes se preguntarán, entonces... ¿Y cuándo será nuestra resurrección?  Eso lo responde el Catecismo de la Iglesia Católica, basándose en la Sagrada Escritura: “Sin duda en el “último día”, “al fin del mundo” ...  ¿Quién conoce este momento?  Nadie.  Ni los Ángeles del Cielo, dice el Señor: sólo el Padre Celestial conoce el momento en que “el Hijo del Hombre vendrá entre las nubes con gran poder y gloria”, para juzgar a vivos y muertos.  En ese momento será nuestra resurrección: resucitaremos para la vida eterna en el Cielo -los que hayamos obrado bien- y resucitaremos para la condenación -los que hayamos obrado mal.

La Resurrección de Cristo nos invita, entonces, a tener nuestra mirada fija en el Cielo.  Así nos dice San Pablo: “Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba... pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra”  (Col. 3, 1-4).

¿Qué significa este importante consejo de San Pablo?  Significa que la vida en esta tierra es como una antesala, como una preparación, para unos más breve que para otros.  Significa que en realidad no fuimos creados sólo para esta ante-sala, sino para el Cielo, nuestra verdadera patria, donde estaremos con Cristo, resucitados -como El- en cuerpos gloriosos.

Significa que, buscar la felicidad en esta tierra y concentrar todos nuestros esfuerzos en ello, es perder de vista el Cielo. Significa que nuestra mirada debe estar en la meta hacia donde vamos. Significa que las cosas de la tierra deben verse a la luz de las cosas del Cielo.  Significa que debiéramos tener los pies firmes en la tierra, pero la mirada puesta en el Cielo.

Significa que, si la razón de nuestra vida es llegar a ese sitio que Dios nuestro Padre ha preparado para aquéllos que hagamos su Voluntad, es fácil deducir que hacia allá debemos dirigir todos nuestros esfuerzos.  Nuestro interés primordial durante esta vida temporal debiera ser el logro de la Vida Eterna en el Cielo.  Lo demás, los logros temporales, debieran quedar en lo que son: cosas que pasan, seres que mueren, satisfacciones incompletas, cuestiones perecederas... Todo lo que aquí tengamos o podamos lograr pierde valor si se mira con ojos de eternidad, si podemos captarlo con los ojos de Dios.

La resurrección de Cristo y la nuestra es un dogma central de nuestra fe cristiana. ¡Vivamos esa esperanza!  No la dejemos enturbiar por errores y falsedades, como la re-encarnación.  No nos quedemos deslumbrados con las cosas de la tierra, sino tengamos nuestra mirada fija en el Cielo y nuestra esperanza anclada en la Resurrección de Cristo y en nuestra futura resurrección.  Que así sea.

Última actualización el Domingo, 05 de Abril de 2015 13:12
 
SÁBADO SANTO PDF Imprimir E-mail
Escrito por Luis Casuy   
Domingo, 05 de Abril de 2015 00:55

 

Francisco: "El Sábado Santo es el día en el cual la Iglesia contempla el

“reposo” de Cristo en la tumba después del victorioso combate en la Cruz.

En el Sábado Santo, la Iglesia, una vez más, se identifica con María: toda

su fe está recogida en ella, la primera y perfecta discípula, la primera y

perfecta creyente. En la oscuridad que envuelve la creación, Ella se

queda sola para tener encendida la llama de la fe, esperando contra

toda esperanza (cfr. Rm 4,18) en la Resurrección de Jesús.

Y en la grande Vigilia Pascual, en la cual resuena nuevamente el

Aleluya, celebramos a Cristo Resucitado, centro y fin del cosmos

y de la historia; vigilamos plenos de esperanza en espera de su

regreso, cuando la Pascua tendrá su plena manifestación.

A veces, la oscuridad de la noche parece que penetra en el alma;

a veces pensamos: “ya no hay nada más que hacer”, y el

corazón no encuentra más la fuerza de amar…Pero precisamente

en aquella oscuridad Cristo enciende el fuego del amor de Dios:

un resplandor rompe la oscuridad y anuncia un nuevo inicio, algo

comienza en la oscuridad más profunda. Nosotros sabemos que

la noche es más noche y tiene más oscuridad antes que comience

la jornada. Pero, justamente, en aquella oscuridad está Cristo que

vence y que enciende el fuego del amor. La piedra del dolor ha

sido volcada dejando espacio a la esperanza. ¡He aquí el gran misterio

de la Pascua! En esta santa noche la Iglesia nos entrega la luz del

Resucitado, para que en nosotros no exista el lamento de quien dice

“ya…”, sino la esperanza de quien se abre a un presente lleno de futuro:

Cristo ha vencido la muerte y nosotros con Él. Nuestra vida no termina

delante de la piedra de un Sepulcro, nuestra vida va más allá, con la

esperanza al Cristo que ha resucitado, precisamente, de aquel Sepulcro.

Como cristianos estamos llamados a ser centinelas de la mañana que

sepan advertir los signos del Resucitado, como han hecho las mujeres

y los discípulos que fueron al sepulcro en el alba del primer día de la semana.

Queridos hermanos y hermanas, en estos días del Triduo Santo no nos

limitemos a conmemorar la pasión del Señor sino que entremos en el

misterio, hagamos nuestros sus sentimientos, sus actitudes, como

nos invita a hacer el apóstol Pablo: “Tengan en ustedes los mismos

sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5). Entonces la nuestra será una

“buena Pascua”.

TEXTO DE LA CATEQUESIS DEL PAPA
Fuente: 2015-04-01 Radio Vaticana

 

 

Última actualización el Domingo, 05 de Abril de 2015 01:07
 
VIERNES SANTO PDF Imprimir E-mail
Escrito por Luis Casuy   
Viernes, 03 de Abril de 2015 14:25

 

Viernes Santo 
Conmemoración de La Pasión del Señor
Ciclo "B" -
3 de Abril de 2015

La Liturgia de este día, el más triste día de todo el año, nos lleva a contemplar el misterio de la Pasión y Muerte de Jesús.  El ambiente en el Templo está preparado para simbolizar el dolor de este día, mostrándonos los conmovedores sufrimientos a los que estuvo sujeto nuestro Señor, al cargar con nuestras culpas para redimirnos.

Recordemos que fue El -Cristo Jesús- Quien, siendo inocente de toda culpa, pagó nuestro rescate a un altísimo precio: su propia vida, para que nosotros -cada uno de nosotros- fuera liberado del secuestro en que estábamos a causa del pecado original y a causa de los pecados que nosotros mismos hemos ido añadiendo a la culpa inicial de nuestros primeros progenitores.

En la Primera Lectura hemos leído al Profeta Isaías (Is. 52, 13 - 53, 12) describir las torturas a que fuera sometido nuestro Redentor.  Y es sorprendente que el Profeta -con casi siete siglos de anticipación- hace esta descripción con un realismo tal, que pareciera las hubiera estado presenciando en el momento mismo en que Jesucristo las padeció.

Entre otros detalles, nos dice lo siguiente:  “Despreciado y rechazado por los hombres ... como un hombre de dolores ... El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores ... nosotros lo tuvimos por leproso, herido por Dios y humillado ... triturado por nuestros crímenes ... El soportó el castigo que nos trae la paz ...  Por sus llagas hemos sido curados ... Cuando lo maltrataban, se humillaba y  no abría la boca, como un cordero llevado a degollar ... Sin defensa, sin justicia se lo llevaron ... por los pecados de mi pueblo lo hirieron ... Aunque no había cometido ningún crimen, ni hubo engaño en su boca ... el Señor quiso triturarlo con el sufrimiento”.

La lectura de la Pasión según San Juan(Jn. 18 , 1 - 19, 42) que hemos leído hoy y la de los otros Evangelistas, nos muestran cómo fue Jesús “triturado con el sufrimiento”.  Y el peor sufrimiento no fue el físico, ese martirio atroz que terminaría por destrozar su Cuerpo y darle una agonía y una muerte dolorosísima... El peor sufrimiento fue el sufrimiento moral al que fue sometido el Señor.  El ya había comunicado esa tristeza a los Apóstoles que se había llevado consigo al Huerto de los Olivos.  Nos dice el Evangelio que “se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan; empezó a sentir terror y angustia” (Mc. 14, 33). Y antes de comenzar a orar les dijo:  “Tengo el alma llena de una tristeza mortal.  Quédense aquí conmigo velando” (Mc. 14, 34).

Ya sabemos que no se quedaron despiertos y Jesús sintió el sufrimiento de esa soledad, debido a que sus más cercanos no lo acompañaron en la oración de esa noche previa a su muerte.  Sabemos que Judas, otro de sus cercanos, lo traicionó y lo entregó para ser enjuiciado en el juicio más injusto de toda la historia humana.  Sabemos que Pedro, su más cercano colaborador, a quien le entregó el gobierno de su Iglesia, negó haberlo siquiera conocido.

Todos estos sufrimientos pesaban sobre el corazón acongojado de Jesús, mientras oraba al Padre.  A estas traiciones, negaciones y soledades, se añadían las faltas, culpas y pecados de cada uno de nosotros.  Todo esto pesaba sobre el Corazón de Jesús y le llevaba a sentir esa “tristeza mortal” que le refirió a sus Apóstoles.  Pero la mayor y más profunda tristeza fue la de saber cuán desperdiciados serían los sufrimientos de su Pasión y de su vergonzante muerte en la Cruz.

Y ¿por qué hablamos de desperdicio?   Porque desperdicio es el desprecio de todas las gracias que Jesús nos obtuvo con su muerte en la cruz.  Desperdicio es desaprovechar cualquiera de las gracias de salvación, todas esas gracias innumerables -infinitas- que nos obtuvo Cristo con su muerte ... gracias que nosotros dejamos de aprovechar cuando no queremos escucharlo … cuando no queremos seguirle ... cuando no queremos adaptarnos a la Voluntad de Dios ... cuando queremos hacer las cosas a nuestro estilo y de acuerdo a nuestros propios criterios ... al creernos tan grandes y tan importantes ... cuando creemos que podemos nosotros disponer nuestra vida a espaldas de El ... etc., etc., etc.

Y Jesucristo nos muestra lo contrario a todo esto con su Pasión y Muerte que hoy recordamos.  El fue obediente hasta la muerte...  ¿Y nosotros?  ¿Somos obedientes a la Voluntad de Dios?  ¿Somos humildes, reconociéndonos que  n a d a   s o m o s ...  sin Dios ... que nada podemos sin El?

Jesús se nos muestra abatido, vencido por la debilidad, para justamente destruir nuestro orgullo -esa tendencia tan fuerte que tenemos todos los seres humanos y que está en la raíz misma de cada pecado que cometemos… porque orgullo es querer hacer las cosas a mi manera y no a la manera de Dios … y eso precisamente es el pecado:  yo hago lo que yo quiero, no lo que Dios quiere.

En cambio Jesucristo nos enseña otra cosa: El se mostró fracasado ante la injusta persecución a que fue sometido, para enseñarnos humildad y obediencia ante los designios de Dios Padre ...

¿Y nosotros?  ¿Qué pensamos del sufrimiento?  ¿Qué pensamos de ese mandato del Señor en que nos anuncia que nuestro camino debe ser igual al suyo?  ¿Qué pensamos de aquellas palabras de Jesús “el que quiera seguirme, niéguese a sí mismo,tome su cruz y  sígame”?

¿Qué pensamos de este mandato del Señor? ...  ¿Lo seguimos? ... ¿Realmente? ...  ¿Nos negamos a nosotros mismos y tomamos esa cruz que el Señor nos ofrece para seguir sus pasos? ... ¿O más bien al primer indicio de sufrimiento o de exigencia nos oponemos, cuestionamos a Dios, rechazamos sus designios y hasta lo rechazamos a El por considerar que es “injusto” con nosotros?

¿Pero... es que no recordamos que el cristiano es seguidor de Cristo?  ¿Y en qué debemos seguir a Cristo? ...  Pensémoslo bien: seguir a Cristo es seguirlo en todo ...  Y ¿qué nos muestra Cristo el Viernes Santo?   Nos muestra que seguirlo a El es seguirlo también en el dolor y en el sufrimiento, en la exigencia.

Ciertamente, el sufrimiento humano no fue querido por Dios.  Recordemos que el sufrimiento entró en el mundo a causa del pecado del hombre.  Sin embargo Dios permite el sufrimiento para la salvación del hombre.  Y Dios puede sacar -como de hecho lo hace- un bien de un mal.  Recordemos que los proyectos de Dios para cada uno de nosotros son infinitamente mejores que los que nosotros podamos proponernos... pero a veces resultan incomprensibles, pues no estamos en sintonía con Dios, sino con nosotros mismos y con las cosas terrenas.

Recordemos que Dios nos ama...  y que nos ama infinitamente.  Al estar seguros de ese Amor Infinito de Dios nuestro Padre... y estando en sintonía con El a través de una oración sincera, a través de una oración entregada a su Voluntad, podemos estar confiados -incluso en los momentos más difíciles y más dolorosos de nuestra vida- porque aquella desgracia, aquella enfermedad, aquel contratiempo, aquella persecución, aquella exigencia -estamos seguros- forma parte del plan maravilloso de Dios para nuestra salvación.

El camino de Cristo hacia el Calvario y la esperanza de su Resurrección nos muestra el camino que hemos de recorrer nosotros: no es en el triunfo terreno, no es en las glorias humanas, donde está la salvación.  Es en el sacrificio de uno mismo, en la muerte de uno mismo, donde está el triunfo de la Resurrección y de la Vida Eterna.

 

Última actualización el Viernes, 03 de Abril de 2015 14:29
 
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